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martes 1 de noviembre de 2011

Club de lectura tras las rejas

En un post reciente os comentaba mi enriquecedora experiencia en un club de lectura. Sin embargo, no fue el primero al que asistía. En pleno mes de agosto se leyó mi novela El país de los ciegos en un lugar poco frecuente: en una prisión. No daré nombres, pero sí os contaré qué tal estuvo.

Cuando un amigo se leyó el libro, le entusiasmó tanto que lo programó para el club de lectura de novela negra que coordina. Me pareció estupendo que seleccionara mi libro entre tanto y tan bueno que hay por el mundo, incluyendo a Ross MacDonald o a Jim Thompson. Lo curioso ocurrió la siguiente vez que hablamos. Me contó que había introducido un ejemplar en la cárcel donde actuaba de voluntario y los presos se peleaban por leerlo.



Aquello me dejó helado. Como bien me puntualizó Emilio Bueso en su momento, El país de los ciegos no es precisamente la lectura más recomendable para aquellos que se quieren integrar en la sociedad. Pero ya era tarde. La rueda había empezado a girar, y sin saber cómo, se montó un club de lectura en la cárcel, para alegría de los reclusos y preocupación del psicólogo.

Yo estaba aterrado. Unos convictos iban a leer mi libro. La novela está contada en primer persona por el Tuerto, un criminal que se patea los bajos fondos de una Alicante corrupta hasta el tuétano. Incluso hay un par de capítulos que transcurren en la cárcel. Dios: me iban a machacar.



Nada más lejos de la realidad. A todos les entusiasmó. Mi colega me decía que tenían discusiones por saber cuántas bolas de droga puede llevar una persona en el estómago, debido a que uno de los personajes de la novela se dedica a eso. A uno de los lectores le encantó la parte del interrogatorio policial. Aseguraba que todos los allí presentes tenían que tatuarse una de las frases de la novela. Al psicólogo, por su parte, no le extrañaba que les gustase tanto, porque encumbraba la figura del criminal y además les enseñaba nuevos trucos.

Dijeron que parecía que hubiera estado dentro de una prisión. Alucinaron por lo realista que era.

Como colofón, mi amigo me propuso entrar en la cárcel y hablar con ellos. Era muy precipitado, y los permisos tardan, por lo que lo hicimos vía telefónica. Ellos me pudieron hacer todas las preguntas y críticas que quisieron. Uno comentó que un expresidiario nunca saldría en los medios, porque en la cárcel te haces muchos enemigos. Habían tomado notas, les había gustado la novela, y eso se notaba.



Esa media hora en la que estuve charlando con ellos fue una de las experiencias más impresionantes de mi breve vida como escritor. Que tu mayor crítico, aquel que ha vivido en sus carnes lo que tú has puesto en el papel, dé el visto bueno de tu obra, es algo que te llena. El trabajo bien hecho tiene su recompensa.

Y que nadie lo dude: si puedo, lo repetiré. La literatura nunca es inocente. ¿O era al revés?


PD: Todas las fotos corresponden a la cárcel de Fontcalent, escenario de varios episodios en la novela. No fue allí donde se leyó mi libro, pero sí eran las que mejor podían ilustrar este post.

3 réplicas inteligentes:

Rapanuy dijo...

La trena, un buen sitio para incharse a leer, y un lugar ideal para un buen club de lectura.

Saludos.

José Miguel Vilar-Bou dijo...

Eso es absolutamente genial. Tienes para sentirte legitimado en lo que escribes.

Claudio dijo...

-Tiempo tienen, Rapanuy. Y leer siempre es provechoso.

-Absolutamente, JM. A veces dudas de lo que haces, pero con este libro voy a muerte. Si quien mejor conoce los ambientes en los que transcurre el libro le da su bendición, aunque camine por el valle de las sombras no tendré miedo!!